“JENNA, LA RECETA DE UN MUSICAL PERFECTO”

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​​No, no fue una obra escolar. El elenco y equipo de producción de “Stellae Teatro Musical”, formado totalmente por jóvenes que rondan apenas los 20 o 25 años, presentó “Jenna, la Receta del Musical Perfecto”, un montaje profesional, adaptado del musical de Broadway: Waitress, basado a su vez en la película del mismo nombre.

La juventud sin duda puso un selló particular a esta producción. No se puede ignorar el hecho de que el grupo, para la puesta en escena, rentó por dos días el Auditorio Universitario Bicenetenario, con una capacidad de 1360 personas. Llenar este espacio, incluso una sola vez, no es fácil, menos hacerlo 4 veces.

Jenna es una comedia romántica, con tintes satíricos, que narra la historia de una mesera y sus problemas personales. La historia original, dirigida por Adrienne Shelly, quien fuera asesinada en el 2006, justo antes del estreno del filme, es sin duda una obra peculiar, al ser dirigida, escrita y musicalizada por un equipo enteramente de mujeres.

Eran las 8 de la noche, y en el teatro Bicentenario, con una nada despreciable cantidad de espectadores, en su mayoría jóvenes, se oyó la tercera llamada. Se abrió el telón, y ahí la obra inició con un coro de tres chicas, en los papeles de Jenna, Becky y Dawn, camareras en el restaurante Joe’s, acompañadas por su grosero jefe Cal.

Durante las 2 horas y media de la función, el público pudo presenciar la actuación de hasta 50 bailarines y actores en escena. La banda sonora y el coro acompañaron la totalidad de los actos con piezas cercanas al pop y algunas baladas. Frecuentemente, con tono dulzón que recuerda algún villancico o canción de cuna, el coro entonaba: “Dulce, suave, fino”.

“¿Soy yo, o te crecieron las chichis?” pregunto a Jenna su impertinente amiga Becky. El embarazo de Jenna, argumento central de la obra, se anunció con doble sentido. ¿Cómo ocurrió esto? La explicación es simple, como una receta de pay; fueron necesarios unos huevos, una salchicha y una sustancia roja (la metáfora es obvia, no hablaban de comida). El desánimo de Jenna se entiende enseguida: un infeliz matrimonio con un bruto que se autodefine como “un chico malo”.

El musical, narrado en una veintena de escenas, es la historia de un grupo de camareras, con problemas reales, que van desde embarazos no deseados, a la búsqueda del amor, los traumas de la infancia, la violencia matrimonial y las pulsiones sexuales. La identificación con los personajes no es difícil, a pesar de tener rasgos muy caricaturizados, son capaces de llevar al público a la reflexión.

De que dio risa, dio risa. Jim Pommater, quien recuerda mucho al perro Goofy (Tribilin para los entrados en años), es el neurótico y torpe ginecólogo de Jenna, un personaje central en la trama por su vínculo extramarital con la protagonista. El rol fue interpretado por Carlos Anaya (Charly), quien sin duda resaltó entre el elenco por su capacidad histriónica.

Las libertades creativas de los guionistas reflejan el público que se persiguió. Con menciones a las chicas súper poderosas, el coyote y el correcaminos, Kirby y Zelda, quedó claro que fue una adaptación de noventeros para noventeros. ¿Quién es Mojo Jojo?, desde una butaca se oyó decir a una señora ya entrada en años, quien evidentemente nunca vio Cartoon Network. Casi todos captan la broma y ríen.

¿Qué sería de una historia de amor sin un poco de drama? Luego de una de tantas discusiones y reconciliaciones, Jenna, en una escena no muy original, pero sí emotiva, enseña al doctor a hacer un pay, en un hecho que podría recordar a la película la Ghost de 1990 (La Sombre del Amor), por aquella relación extraña entre el amor y el manejo de algún tipo de masa. Los sentimientos de culpabilidad surgen, el recuerdo de una madre muerta y la desilusión ante las expectativas del pasado.

“Jenna, la receta de un musical perfecto” no fue perfecto, nada en la vida lo es, pero contó con un atinado diseño de producción, actuaciones profesionales, una orquesta y coros de calidad, además de escenografías bien logradas. El trabajo de dirección , a cargo de Alejandro Zermeño, muestra una orquestación armónica. La juventud no es sinónimo de poco profesionalismo. Ya veremos qué pasa con esta compañía naciente, el tiempo lo dirá, pero alguna semilla se sembró en el ámbito cultural de San Luis Potosí. Habrá que seguirle la pista a “Stellae Teatro Musical”.

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