ZAMPABOLLOS – RETRATO DE UN PAYASO

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Felipe Pérez Márquez nació en 1956, en la calle de Escandón 410, en el céntrico barrio de San Juan de Guadalupe. Su segundo nacimiento, como el icónico payaso Zampabollos, tuvo lugar el 20 noviembre 1983, en la plaza de toros “Rodolfo Gaona”. Desde hace 4 décadas ha divertido a niños y adultos. Su labor como altruista, al llevar risas a niños con cáncer, su gusto por la poesía y sus inicios como actor teatral son facetas menos conocidas de este personaje.

¿Cómo nace Zampabollos? 

En 1976 ya estaba yo casado, desgraciadamente o afortunadamente (comenta entre risas). Por aquel entonces trabajaba en zona industrial, pero como era muy inquieto, por las tardes, me iba a trabajar de carpintero en Tequis. Cerca de la Semana Santa, se me ocurrió ir a un ensayo de la representación de la pasión de Jesucristo.  Afortunadamente quien hacía el papel de Judas no fue. Yo estaba ahí “paradillo” y me lo encasquetaron. El día de la representación, la señora María Luisa Oliva, de Cultura del Sol de San Luis,  premió a los mejores actores y gané el primer lugar; ¡Ay, que alegría!

Después me adentré al teatro. Hicimos “El brindis del bohemio”, “El señor corregidor”, “La diestra de Dios padre” y muchas obras más. Por aquel entonces, el gobernador Carlos Jonguitud inauguró el parque Tangamanga y se hizo un concurso de pastorelas. Representamos “A Belén, pastores” de Alejandro Casona, una obra con dos personajes cómicos que acompañan la historia tradicional: Polvorín y Zampabollos. De ahí tomé el nombre que uso desde hace más de 40 años. Les parecí gracioso a muchos y me sugirieron que me metiera de payaso.

Vamos, pastores, vamos, vamos a Belén…

¿Y qué significa el nombre?

“Come bollos”, viene de zampar.

¿Entonces el nombre fue primero que el payaso?

Sí. Zampabollos como personaje nace hasta el 20 de noviembre de 1983, en la plaza de toros Rodolfo Gaona, en un espectáculo del mago Zimbel, ahí me maquillé ¡con Blancol para zapatos!

¿Se imaginó quedarse de payaso 40 años?

No, para nada. Lo pensé como algo momentáneo, aunque no me arrepiento. El payaso para mi es una cosa muy sagrada porque uno se expresa como quiere, dice lo que quiere y hace reír.

Se dice que usted es el último payaso “blanco”. No hace comedia roja por alguna razón en particular, si fuera el caso ¿está preparado para hacerla?

Sí, pero no me gusta. Yo me aboco a los niños; y como tengo cara de sonso los hago reír. Mi público me da mucha satisfacción. En esta vida he tenido tantas experiencias bonitas y difíciles; uno se siente tan impotente frente a un gran público, pero es algo que disfruto mucho.

¿Nunca pensó ser mimo o mago?

No, yo nunca pensé ser nada y he sido todo. Me gusta ser payaso.

¿Fuera de San Luis Potosí también ha actuado?

En 1985 fui a trabajar al teatro de la Corregidora en Querétaro, ahí me enseñé a pintarme, a vestirme. Luego me presenté en Puebla, en Zacatecas, en Guadalajara, en Oaxaca, en México. En Estados Unidos hice presentaciones en Wilton y Fresno, en  California; en Raleigh, Carolina del Norte; y en Chicago.

¿Qué tan distinto es el público en México y en Estados Unidos?

Pues mire, el que es buen gallo donde sea es verde, ¡ay!, perdón, perico. Yo ni sé hablar inglés pero Come on picup yes allride, bye bye . Les hago las expresiones ¡what!, ¡wow!, ¡bang!

¿Quién le enseñó tantos trucos?

En las convenciones de payasos. Uno anda ahí, de “babotas”, viendo los trucos. En ellas pagas para que te enseñen los trucos.

Todos a veces estamos tristes, es difícil reír, y más hacer reír…

Yo en mi vida he tenido tristezas muy grandes. Mi papá murió un viernes y yo tenía que trabajar en la Plaza de Fundadores el sábado. Aquel día mi papá estaba tendido.  Me maquillé y fui a trabajar con el corazón roto, pero contento, porque es mi trabajo. Al llegar al tocador se deben ir la tristeza y los problemas. Yo soy un payaso profesional, aun con el corazón quebrado la función tiene que seguir. 

Fuera de cámaras nos comentaba que en una ocasión actuó en un funeral…

Sí, el niñito padecía leucemia y murió poco antes de una fiesta que su mamá le estaba organizando. A mi ya me habían contratado. Su mamá me dijo que el niño lo que más quería era verme y me pidió que fuera a actuarle, a manera de despedida. 

Estaba tendido, como hacían en los funerales antes; lo habían coronado. Es difícil; el corazón te dice algo: a ver, ¡hazme reír!, pero por más que le hacía expresiones, él ya no podía reír. 

¿Qué le hace enojar?, ¿qué le molesta o entristece?

La realidad. No me puedo meter en mucha política, pero me enoja ver muchachos de 14 años fumando o drogándose. Uno busca curarse las enfermedades y ellos se meten en ellas; los veo y me parece desperdicio de vida. 

Y de los niños, nada. Ellos son traviesos e inquietos; para eso me pagan, para entretenerlos. Antes era más bonito trabajar para los niños, ahora los entretienen con laptops y celulares; eso es nocivo para los niños.

Usted hace trabajo social con niños con cáncer. ¿Qué le dejan a Zampabollos estas visitas? 

Es la tristeza y la alegría juntas. Les doy alegría con la expresión que Dios me dio. Yo les digo: ¡No vayas a llorar!, ay, ay, ay ¡a mí también me van a poner la vacuna! (nos cuenta mientras saca una jeringa de utilería).  Los dejo más contentos y con  la ilusión de que se van a curar.

Si se desaparece de la mano te vas a curar, pelotita, pelotita vete para arriba. SE VA LA PELOTA y es que te quiere Dios.

¿En qué se parecen Felipe y Zampabollos?

Cuando estoy de civil soy serio. “Así de serio, yo no sé como eres payaso” me dicen mis amigos.

Mientras tomamos una limonada, Zampabollos me pide cortar una servilleta. Mete los pedazos en su boca y de ella saca una serpentina gigante, la cual parece no tener fin. 

Sí Felipe es muy serio y Zampabollos, evidentemente no. ¿En qué se parecen?

Son muy nobles, muy tontos; no abusivos.

¿A quién admira Zampabollos?

De los cómicos a todos. Es muy difícil treparte a un escenario, sobre todo al principio, sin recursos. Claro también están los grandes cómicos como Bozo; con él comí en su casa de Puebla. Igual conocí a Capulina, a Beto el Boticario, al Mago Frank, a la Chilindrina y a muchos más.

¿Son cómodos sus zapatos de payaso?

Sí, son bastante amplios y muy cómodos.

Si no hubiera sido payaso, ¿qué hubiera sido?

¡Carpintero balín!, yo tenía mi taller en la calle de Zapata. Pero me encanta ser payaso.

En una ocasión se hizo una carretera cerca de Estación Ventura y  Pozo del Carmen. Al evento vino el presidente Miguel de la Madrid, y a mí, junto con un grupo de artistas, nos contrataron. Estaba muy nervioso con tanta seguridad y tantos “soldadotes”.  En el evento platique con Carlos Bermúdez Dávila, jefe del Estado Mayor Presidencial, y con su hermana Ofelia, quien me dijo: “usted de payaso si sirve, he visto muchos, pero usted sí da risa”

¿Qué hace único a Zampabollos?, ¿qué le diferencia de otros payasos?

De diferencia ninguna.

Algo ha hecho bien para tener una trayectoria de 40 años.

Yo no me pongo a competir, no es un “te voy a ganar”;  yo voy a divertir al público.

¿Ha pensado en el retiro?

No. No quiero retirarme mientras pueda pintarme, pararme y hacer reír. Ya cuando no pueda y dé lastima me retiro. Si la gente aún se ríe yo seguiré; para mi es una satisfacción. 

¿Cómo es ser un payaso en el año 2021?

La técnica es la misma, irse actualizando con las novedades, yo tengo mi carcachita muy chiquitita, ya ahora es la Cheyenne ‘apá. Se agarra uno de donde hay. Esa es la creatividad del payaso para el público.

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