MUSEYROOM: arte y cultura – Los riesgos de un transitar

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Redacción por Antonio García Acosta

Aquellos que se pasan la vida escuchando las opiniones de los demás se desmoralizan, se distraen, se dejan cambiar. Y ya que las críticas se contradicen, se pierden. 

Hay otros que, como Gilberto Vázquez, siguen su propio camino desde un inicio y lo recorren sin preocuparse demasiado por las voces que comentan incesantemente, como el sonido de las cigarras en el campo. Saben que este rumor pertenece al escenario, pero no al protagonista del viaje, quien debe seguir su camino por su propia cuenta.

Su búsqueda lo lleva a lo inesperado, pero siempre lo hace regresar a sí mismo. Debe tomar riesgos, pero no por crear novedades gratuitas, sino porque así lo exige su ruta, que es solamente suya. El pintor le debe mucho a otros, sean lejanos como Goya, Velazquez, Dubuffet y Tàpies, o cercanos como Raúl Gamboa, Angélica Villarreal u Othón Salazar. Esto lo sabe, y lo celebra en cada una de sus obras. Progresa con cautela de cuadros en blanco y negro a otros que incorporan poco a poco el color. Habita la figuración y después la abstracción, con igual acierto. Insiste en un camino hasta que éste se agota y, cuando llega el momento de cambiar, desecha el pasado y cambia de ruta. Entonces busca otros medios para seguir avanzando. Cada influencia y cada exploración, sin embargo, se reintegran a su propio recorrido, el que le es particular. 

Los personajes en sus cuadros no tienen ojos, y sin embargo nos miran. Algo en ellos respira. La vida de sus imágenes se deriva de la dedicación del artista, de la observación atenta que se convierte en imagen. No pinta usando otras obras como modelos a copiar, sino a partir del recuerdo de imágenes contempladas con profunda atención, destilando lo que de ellos le pareció interesante. De lo visto, recupera lo que tuvo un efecto y lo recrea a su manera. Por eso, sus obras son capaces de regresarnos la mirada. 

Su destino no está predeterminado, sino que toma forma a medida que avanza. Cada lienzo lleva al siguiente: inicia con la pregunta ocasionada por el que le precede y al terminarlo se convierte en una nueva pregunta, en la base de una nueva indagación. El pintor no hace más que seguir estos derroteros paso a paso, sin adelantarse. El ritmo lo marca siempre la obra. Nunca se tiene la seguridad de acertar, solo la intuición de un camino a seguir. Sabe que eso es lo único con lo que cuenta el artista, que no puede hacer de otro modo sin engañarse. Corre los riesgos de transitar por la pintura. Por eso, escucha sus cuadros. No a las voces. 

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